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Escrito por Diana Urrego
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A partir del mismo día de la llegada de Yanni a Cali, el noviazgo fue marchando de la manera más común y corriente del mundo. La anterior distancia geográfica y lo platónico de la relación antes del viaje de Yanni a Cali sólo ayudaron a que evolucionaran más rápido las cosas. Día a día íbamos encontrando más motivos para gustarnos y la sonrisa constante del turista Yanni ya tenía encantada a toda mi familia. El griego empezó pues a pasar el examen entre mis familiares y amigos más cercanos. Y para mí, se convirtió en "aquel a quien había esperado conocer toda mi vida". Y entonces la pregunta era: y ahora... qué?
Pasados unos días de mucho turismo y amor, un día se quejó Yanni de que no habíamos tenido todavía una cita formal él y yo. La queja era más que válida pues como buena caleña, me la había pasado llevando a Yanni de un lado a otro, presentándole familiares, amigos, lugares turístiscos y monumentos históricos. No olvidemos que en todas las familias, los monumentos históricos son los primeros que quieren conocer al nuevo canditato de la sobrina treintona que no arranca a pesar de lo "querida" que es.. Pues se programó la cita para un restaurante muy lindo y romántico en el oeste de Cali con comida italiana garantizada por una amiga a la que se la llevó un tiempo después un alemán para su germano país. El protagonismo una vez más de mi cuñada la mexicana (por adopción pero más caleña que todas las caleñas) se dejó sentir ese día. Escogimos juntas la ropa que me pondría y muy seguramente me ayudó a maquillarme de esa forma tan profesional y discreta que me hizo sentir como modelo de pasarela. No paró de insistir un momento en que no debería ponerme ni un solo anillo en la mano izquierda y yo, lo juro, no le hacía mucho caso al principio porque -confieso- no tenía idea de qué me esperaba. Yanni no aceptó que yo lo recogiera en el carro en el hotel para irnos luego al restaurante. Dijo que vendría él solo del hotel y así apareció en mi casa con su impecable traje de lino color hueso y una preciosa corbata Armani que escogió entre varias nuevas de su trouseau: diseño de angelitos con taparrabos (o pañales?) azules con arco y flecha y en el centro, muy visible, un diablito muy dulce y muy rojo en contraste. Mi mamá tan simpática y gentil como siempre lo recibió ayudándole a quitarse el saco (cosa que lo llenó de pánico por culpa del contenido de uno de sus bolsillos... leer próximo párrafo) y ofreciéndole un trago antes de la salida.En el restaurante, habíamos ordenado ya y nos habíamos comido la entrada cuando empezó a hablar Yanni. Palabras más palabras menos, lo inolvidable fue: "este griego loco atravesó el Atlántico para conocer a la "Negrita" (mi apodo en ICQ y en mi familia)..." después de un resumen del romance vivido hasta entonces, añadió: "¿y ahora qué va a pasar con estos dos personajes?". Mi respuesta fue simple; yo no sabía. Fue entonces cuando, sin haber llegado aún el plato fuerte -cosa que le he reclamado a Yanni hasta nuestros días- buscó entre sus piernas donde había escondido el estuche con el anillo y me lo pasó a través de la mesa.No es necesario contar qué respondí, pero les aseguro que no me pude comer mi spaguetti puttanesca pues el temblor de las manos no me lo permitió.Continuará... |
Estoy ansiosa por saber como termina todo.
Saludos.
Gloria Isabel Roldàn V.